lunes, 29 de abril de 2013

Deja secar la rabia.


DEJA SECAR LA RABIA

 
   Mariana se quedó toda feliz por haber ganado de regalo un juego de té, de color azul. En el día siguiente, julia su amiguita vino bien temprano invitarla a jugar. Mariana no podía pues iría a salir con su madre en aquella mañana. Julia entonces pidió a su amiguita que le prestara su juego de té para que ella pudiera jugar sola en el jardín del edificio en que vivían. Mariana no quería prestar, pero con la insistencia de la amiga decidió ceder, haciendo cuestión de demostrar todo su celo por aquel juguete tan especial.
 
   Al volver del paseo, mariana se quedó chocada, al ver su juego de té tirado al suelo. Faltaban algunas tazas y la bandeja estaba rota. Llorando y muy nerviosa, mariana desahogó con su mamá: ¿Ves mamá, lo que hizo julia conmigo? Le presté mi juguete, y ella lo dañó todo y aún lo dejó tirado al suelo. Totalmente descontrolada, mariana quería, porque quería ir a la casa de julia pedir explicaciones, pero su madre cariñosamente dijo: ¿mi hijita, te acuerdas de aquel día cuando saliste con tu vestido nuevo todo blanquito y un coche pasando te tiró barro en tu ropa? Al llegar en casa querías lavar inmediatamente, pero tu abuelita no dejó. ¿Te acuerdas de lo que dijo tu abuela? Ella dijo que había que dejar que el barro se secara, porque después se quedaría más fácil de quitar. Así es hijita, con la rabia es lo mismo, deja la rabia secarse primero, después se queda mucho más fácil resolver todo.
 
    Mariana no entendió todo muy bien, pero decidió seguir el consejo de su madre, y fue a ver el televisor. Luego después alguien tocó la puerta. Era julia con una caja en las manos, sin que hubiera tiempo para cualquier pregunta ella fue diciendo: Mariana ¿sabe aquel niño malo de la otra calle, que se queda corriendo detrás de nosotras? Él vino para jugar conmigo y no lo dejé y con rabia él dañó el regalo que me habías prestado. Cuando  lo conté a mi madre ella se quedó preocupada y fue corriendo a comprar otro igualito, para ti. Espero que no te quedes con rabia mía. No fue mi culpa.
 

No hay problema, dijo Mariana, "mi rabia ya secó". Y dando un fuerte abrazo en su amiga, le tomó la mano y la llevó a su cuarto para contarle la historia del vestido nuevo que se había ensuciado de barro.

 
   Nunca tomes cualquier actitud con rabia. La rabia nos ciega e impide que veamos las cosas como ellas realmente son. Así evitarás cometer injusticias, y ganará el respeto de los demás por su posición ponderada y correcta delante de una situación difícil. Acuérdate siempre: ¡Deja la rabia secar!

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