jueves, 21 de noviembre de 2013

Yo sé que mi Redentor vive

   Una noche del año 1741 un hombre encorvado se arrastraba cavilando por las calles de Londres. Era Georg Friedrich Händel, el gran músico. En su interior pugnaban la esperanza y la desesperación. El favor de la alta sociedad inglesa se había apartado de él. Su estado de necesidad llegó a límites extremos. Su inspiración creativa se apagó y Händel que aun no tenía 60 años, se sintió viejo y casado de la vida. Desesperado regresó a su humilde vivienda. Al entrar llamó su atención un paquete; lo abrió y se encontró con un escrito que llevaba por título "Un Oratorio espiritual". A Händel lo fastidiaba aquello, escrito por un autor desconocido y de segunda. Aun más le disgustó la observación "El Señor me lo encargó". Aburrido continuó hojeando en el texto cuando un párrafo le llamó la atención:

   "Despreciado y desechado entre los hombres,... fue menospreciado y no lo estimamos. Händel continuó leyendo Él confió en Dios... Dios no abandonó su alma... Él te dará descanso..."

   
En Händel, estas palabras se llenaban de contenido y de vivencias. Y cuando continuó leyendo Yo sé que mi Redentor vive... alégrate... ¡Aleluya!, comenzó a vibrar.    Maravillosos sonidos le sobrevinieron. La chispa "de arriba" lo había encendido. Händel tomó la pluma y comenzó a escribir. Con increíble rapidez se fueron llenando de notas las páginas.

    A la mañana siguiente, su ayudante lo vio inclinado sobre su escritorio. Colocó la bandeja con el desayuno a su alcance y lo dejó solo. A mediodía el desayuno aun no había sido tocado. Händel escribía, escribía. De a ratos se levantaba de un salto y se echaba sobre el címbalo, caminaba de un lado a otro, gesticulaba con los brazos y cantaba a voz en cuello ¡Aleluya, aleluya! Su ayudante lo creyó loco cuando Händel le dijo que los portales del cielo se le habían abierto y Dios mismo estaba sobre él.

   Veinticuatro días trabajó Händel como enloquecido, casi sin comer ni descansar. Por fin cayó sobre su cama, agotado. Delante de él, la partitura completa de "El Mesías".

  
Händel personalmente llegó a dirigir 34 veces la presentación de "El Mesías". El 6 de abril de 1759 fue la última vez que pudo presenciar su obra. Sufrió un ataque de debilidad y expresó el deseo de morir el día de viernes Santo. Dios le concedió este deseo y llamó al gran maestro el 14 de abril, viernes Santo, de 1759. Händel pudo reunirse con Aquél a quien había exaltado tan majestuosamente con su música y quien había ganado toda la fe del maestro, de manera que éste pudo cantar con júbilo: ¡Yo sé que mi Redentor vive!

Traducido del libro de Axel Kühner: Überlebensgeschichten für jeden Tag Aporte de Dieter Kunz
Fuente: Red Latinoamericana de Liturgia y Educación Cristiana CLAI/CELADEC 
Aportado por: Equipo De Selah



viernes, 15 de noviembre de 2013

Cuando El Miedo Nos Invade...

  Al final del año de 1944, Burt Frizen estaba luchando en la Batalla del Bulge (Batalla de las Ardenas). Alcanzado por el enemigo, muy herido e incapaz de moverse, él estaba caído en la liza, esperando la muerte. En la mayor parte de las largas seis horas que estuvo allí caído, él inúmeras veces cantó suavemente una canción que había aprendido con su madre: “existe un nombre para mí muy querido. . . como música dulce para mi oído. . . cuando mi corazón está apretado y lleno de miedo... Jesús me llena de paz.” De repente él oye un barullo prójimo. Abriendo sus ojos, él vio un soldado alemán de pie junto de él con un arma en la mano.


    “Llegó la hora”, pensó Burt mientras esperaba por el disparo. Empezó a cantar nuevamente la canción y sintió cuando los alemanes lo levantaron, con brazos fuertes, y lo colocaron sobre el borde de una roca. Los propios alemanes cuidaron a sus heridas, lo animaron y lo llevaron para un lugar seguro. Jesús lo llenó de paz en aquel tiempo de guerra.

    Muchas veces nos sentimos como aquél soldado en el campo de batalla. Nos sentimos impotentes, sin esperanzas, derrotados y tomados por el miedo. Miedo de no conseguir levantarnos nuevamente, miedo de las críticas por un nuevo fracaso; miedo de abrir los ojos y encarar aquéllos que confiaban en nosotros.

Recuerda:En Dios alabaré su palabra; En Dios he confiado; no temeré.” Sal. 56:4


jueves, 7 de noviembre de 2013

Angustia-Salvación-Agradecimiento

       Estas tres cosas van juntas. Así lo enseña la Sagrada Escritura en el versículo 15 del Salmo 50. El día de la angustia no significa sólo un peligro exterior; también abarca la ansiedad que experimenta una persona al ser consciente de que no está en regla con Dios. En esta situación puede dirigirse a él. Al clamar a Dios, experimentará que Dios “ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros” (Hechos 17:27), sino que ayuda a quien acude a él con sinceridad. Sin embargo, debemos ser agradecidos y honrarle con nuestra vida.

      
Hace años un aviador contó su historia. Durante la segunda guerra mundial se había desempeñado como piloto de caza. En un combate sobre Austria su aparato se incendió. “Cuando noté el fuego, contó él, se apoderó de mí un indecible temor. En cualquier momento podía caer y morir. Sabía que en el estado en que se encontraba mi alma, no podía presentarme ante Dios. En mi angustia lo invoqué y pedí su ayuda, prometiéndole que le serviría si salía con vida del percance.” Dios oyó mi pedido de socorro.
Mi salto con el paracaídas resultó exitoso. Fui hecho prisionero, pero al final de la guerra pude volver a casa. Olvidé completamente mi promesa y seguí viviendo como antes. Un día recibí una invitación a una predicación del Evangelio, gracias a la cual recordé toda mi ingratitud. Este fue el punto de partida de mi conversión al Señor.

       Así ese hombre llegó a ser un feliz creyente, dispuesto a vivir de una manera que honrara a Dios. Pero, ¡cuántas personas han hecho una promesa en circunstancias similares y jamás la han cumplido!

Invócame en el día de la angustia; te libraré, y tú me honrarás.” Salmo 50:15.


miércoles, 30 de octubre de 2013

¡Acabó la guerra!

“Y vino [Jesús] y anunció paz a vosotros que estabais lejos, y paz a los que estaban cerca.” Efesios 2:17.

  

El amargo conflicto había terminado finalmente entre el norte y el sur. Los soldados de la Guerra Civil de los Estados Unidos eran libres de regresar a sus familias. Sin embargo, algunos de ellos permanecieron escondidos en los bosques viviendo de frutillas. O no escucharon que la guerra había terminado, o no lo creyeron, por lo que siguieron soportando condiciones muy malas cuando pudieron haber estado de vuelta en casa.

   En la esfera espiritual ocurre algo parecido. Cristo hizo la paz entre Dios y el hombre al morir en nuestro lugar. Pagó la pena por el pecado en la cruz. Todo el que acepte su sacrificio será perdonado por un Dios santo.

   Lamentablemente, muchas personas se niegan a creer el evangelio y continúan viviendo como fugitivos espirituales. A veces, hasta los que han puesto su confianza en Cristo viven casi al mismo nivel. Por ignorancia o por falta de disposición, no reclaman las promesas de la Palabra de Dios. No experimentan el gozo y la seguridad que deben acompañar a la salvación. No sacan de su relación con Dios el consuelo y la paz que Él quiere para sus hijos. Ellos son los objetos de su amor, cuidado y provisión, pero viven como si fueran huérfanos.


   ¿Has estado viviendo apartado del consuelo, el amor y el cuidado de tu Padre celestial? Ven a casa. ¡Se acabó la guerra! --RWD


LA VICTORIA DE CRISTO SOBRE LA MUERTE SIGNIFICA PAZ PARA SUS SANTOS.

viernes, 25 de octubre de 2013

Aprovecha la oportunidad


 En una oscura noche de invierno, tres  vaqueros iban en sus cabalgaduras, atravesaban extraviados el lecho seco de  un río. Discutiendo entre si como podrían orientarse, se sorprendieron  grandemente al oír una voz que desde la oscuridad les grito: “¡ALTO!...  Desmonten y recojan cada uno tres piedras del río.”


   Atemorizados los  vaqueros, obedecieron las ordenes salidas de las sombras, y se disponían a  proseguir su extraviado camino cuando la voz les volvió a hablar: “Mañana  estarán muy contentos por lo que han hecho, pero también muy tristes.”

   A  las primeras luces del día, los asombrados vaqueros se dieron cuenta que las piedras que habían recogido del lecho del río eran diamantes, por lo que sintieron gran alegría... pero también sintieron gran tristeza al considerar que habrían podido recoger muchos más si hubieran sabido de lo que se trataba.


  En nuestra juventud, recogemos con el estudio y la dedicación,  algunos diamantes que después en nuestra vejez nos alegramos de haber  recogido y al mismo tiempo nos entristecemos por no haber cosechado  más.


Enséñanos de tal modo a contar nuestros días, que traigamos al corazón sabiduría.” Sal.90:12

lunes, 21 de octubre de 2013

Amaos los unos a los otros

   Ruth miró en su buzón del correo, tan solo había una carta. La tomó y la miró antes de abrirla, pero  no había sello ni marcas del correo, solamente su nombre y dirección. Leyó la carta:


Querida Ruth:
                       Estaré en tu vecindario hoy viernes en la tarde y pasaré a visitarte.

                            Con amor, Jesús

   Sus manos temblaban cuando puso la carta sobre la mesa. ¿Por qué querrá venir a visitarme el Señor? No soy nadie en especial, no tengo nada que ofrecerle. Pensando en eso, Ruth recordó el vacío reinante en los estantes de su cocina. ¡Ay no! ¡No tengo nada para ofrecerle! Tendré que ir a comprar algo. Bueno, comprare algo de pan y alguna otra cosa. Se echó un abrigo encima y se apresuro a salir."
Dos canillas, medio kilo de queso y un cartón de leche. Y Ruth se quedó con solamente 1000 Bs. que le deberían durar hasta el lunes. Aun así se sintió bien camino a casa, con sus humildes ingredientes bajo el brazo.

   “Oiga, señora, ¿nos puede ayudar, señora?” Ruth estaba tan absorta pensando en la cena que no vio las dos figuras que estaban de pie en el pasillo. Un hombre y una mujer, los dos vestidos con poco más que harapos.


Mire, señora, no tengo empleo, usted sabe, y mi esposa y yo hemos estado viviendo allá afuera en la calle y, bueno... está haciendo frío y nos está dando hambre, y bueno, si usted nos puede ayudar, señora, estaríamos muy agradecidos...”

    Ruth los miró con más cuidado. Pensó que ellos podrían obtener algún empleo si realmente quisieran.

-        Señor, les quisiera ayudar, pero yo misma soy una mujer pobre. Todo lo que tengo es un poco de pan y leche, pero tengo un huésped muy importante para esta noche y planeaba servirle eso a El.”

-        Si, bueno, si señora, entiendo. Gracias de todos modos.”

    El hombre puso su brazo alrededor de los hombros de su esposa y se dirigieron a la salida. A medida que los veía saliendo, Ruth sintió un latido familiar en su corazón.

-        “Señor, espere!”

    La pareja se detuvo y volteó a medida que Ruth corría hacia ellos y los alcanzaba en la calle.
-        “Mire: ¿por qué no toma esta comida? Algo se me ocurrirá para servir a mi invitado.”

Extendió la mano con la bolsa de víveres.

-        “Gracias, señora, muchas gracias!” “Si, gracias!”, dijo la mujer y Ruth pudo notar que estaba temblando de frío.

-        “¿Sabe? Tengo otro abrigo en casa. Tome este”, Ruth desabotonó su abrigo y lo deslizó sobre los hombros de la mujer. Y sonriendo, volteó y regresó camino a casa.

   Sin su abrigo y sin nada que servir a su invitado.

-        “¡Gracias, señora, muchas gracias!”

     Ruth ahora no tenía nada para ofrecerle al Señor. Buscó la llave en la cartera para abrir  la puerta. Mientras lo hacía notó que había otra carta en el buzón. “Que raro, el cartero no viene dos veces en un día.” Tomó el sobre y lo abrió:


Querida Ruth:
                            Qué bueno fue volverte a ver. Gracias por la deliciosa cena, y gracias también por el hermoso abrigo.

                     Con amor, Jesús


    El aire todavía estaba frío, pero aún sin su abrigo, Ruth no lo notó.

martes, 15 de octubre de 2013

CADA UNO OFRECE LO QUE TIENE

  
Hace algún tiempo, mi mujer ayudó a un turista suizo en Ipanema, quien dijo haber sido víctima de unos ladronzuelos. Con un marcado acento, y en pésimo portugués, afirmaba haberse quedado sin pasaporte, sin dinero y sin un lugar para dormir.


  Mi mujer le pagó el almuerzo, le dio la cantidad necesaria para que pudiera pasar la noche en un hotel, hasta que se pusiera en contacto con su embajada, y se fue.


  Días después, un diario carioca publicaba la noticia de que el tal “turista suizo” era en realidad un original malandra carioca, que simulaba un falso acento y abusaba de la buena fe de las personas que amaban Río y querían compensar la imagen negativa que -justa o injustamente- se transformó en nuestra tarjeta de presentación.

   Al leer la noticia, mi esposa sólo comentó: “no será esto lo que impida que ayude a la gente”.

  Su comentario me hizo recordar la historia del sabio que, cierta tarde, llegó a la ciudad de Akbar. Las personas no dieron mucha importancia a su presencia y sus enseñanzas no consiguieron interesar a nadie. Después de algún tiempo, él pasó a ser motivo de risa y burlas por parte de los habitantes de la ciudad.

   Un día, mientras paseaba por la calle principal de Akbar, un grupo de hombres y mujeres comenzó a insultarlo. Pero en lugar de fingir que no se daba cuenta de lo que ocurría, el sabio se acercó a ellos y los bendijo.

Uno de los hombres comentó:
- ¿Será, después de todo, que el hombre es sordo? ¡Le gritamos cosas horribles y él sólo nos responde con palabras bellas!


- Cada uno de nosotros sólo puede ofrecer lo que tiene -fue la respuesta del sabio.